[todo lo que tengo se lo he pedido prestado a mi imaginación]


11 octubre 2012

Delicatessen

Recuerdo ventanas chicas, a contraluz. El cielo, gris brillante, iluminando el living. Y yo, en el centro de esa penumbra, tranquila, relajada. Libre de temores.
Me recuerdo sacando las manos por la ventana y sintiendo gotas de lluvia fría caerme sobre las palmas calientes. Las rodillas hundidas sobre el colchón, y el elástico de la cama clavándose en ellas.
Abrí muchas veces la puerta de ese departamento. El ruido de las llaves, la fuerza exacta que había que aplicar para abrirla; el olor en el palier, los ascensores. Las escaleras. El penúltimo escalón donde muchas tardes esperé sentada.

Mi memoria, que no falla sino cuando le conviene, sabe traerme el ruido [intacto] de la tapa del horno y el lavarropas semi-automático al batir. O el sonido de la ducha abierta junto al olor de las sábanas en el sillón de mimbre. Trae una tele de ocho botones, un placard casi desconocido para mi. Esa pared en la que me apoyé sólo una vez, una mañana, y después me fui a trabajar. Hay, además, música y películas entre mis recuerdos. Generalmente tardes, noches y madrugadas. Y amaneceres apurados.


Mis pantalones de corderoy batik. Unas tarjetas de fichero garabateadas en marcador. Un block chico de hojas blancas que, por algún lado estará, dice que yo sé todo esto que, sí, sé. O supe.
Un cajón de una mesa de luz que no recuerdo, un pañuelo atado a un anillo. Una chacana verde, el ouroboros. Un swetter picante, verde militar. Mis zapatos de gamuza azul...

Tenía 18 años. Qué temor podría acaso recordar? Qué clase de miedo habría de tener? Amar era un misterio. Todo estaba para ser descubierto. La continuidad, la incertidumbre pacífica dando lugar a la certeza. La cama tibia, dos llaves para un mismo hogar. La proyección de dos viejos mirando el mar, repetida en voz alta como promesa. Una rutina. Todo lo que me tocó aprender. El liso, llano, denso y nebuloso después. 
Y, después, volver a amar. 
El resto es ya otra historia. Que aunque cambie, o se repita, el gris brillante no iluminará jamás a un mismo living. Ni contemplaré yo ninguna otra penumbra con tanta ingenuidad.