al monstruo
feroz
horrible
al ogro
hediondo
al bicho
inmundo
a la criatura
asquerosa
deforme
a la bestia
salvaje
indomable
peligrosa
también
le gusta dormir
y soñar con paz.
[todo lo que tengo se lo he pedido prestado a mi imaginación]
04 junio 2016
31 mayo 2016
magia
estás
porque acá te pongo
entre las hojas.
palabras sobre vos
o la palabra: vos
y yo te aparezco.
como magia
estás,
sos.
te traigo yo
a la cabeza
o a las hojas.
De la piel
no te vas nunca.
30 mayo 2016
presas
coger como animales
en medio de la selva
en medio de la selva
o un bosque, cerrado y en penumbras
con las persianas bajas
para que el sol no nos moleste
y adivinar algunas cosas
como la forma de tu cuerpo
cuando se acerca al mío
después de la tarde
como la forma de tu cuerpo
cuando se acerca al mío
después de la tarde
la noche cayendo sobre el bosque
y nosotros
todavía
escondidos del mundo
y nosotros
todavía
escondidos del mundo
cazándonos entre las sábanas
comiéndonos despacio
separando con los dientes
el cuero de la carne
la carne de las almas
clavándonos las garras
comiéndonos despacio
separando con los dientes
el cuero de la carne
la carne de las almas
clavándonos las garras
flora y fauna nuestros cuerpos
animales
en el bosque de mi cama.
25 mayo 2016
El peso de las teclas
Me compré una máquina de escribirte poesía.
Escribo en la máquina hojas de prueba, una carta, dos poemas. Escribo en la máquina vieja que compré por tres billetes, que estuvo toda mi edad completa guardada en un estante de un placard hasta llegar a mis manos, y me cuesta escribir porque perdí la costumbre allá en la niñez.
Escribo y las letras se imprimen tímidas. Es el peso de las teclas tan distinto. Para escribir hace falta decisión, cada palabra se piensa en firme para que en el papel se entienda.
Me compré una máquina de contarte mis sueños. Tengo el doble de los años que tenía la primera vez que la soñé. Tengo el doble de la edad que siento adentro, cuando escribo en esta máquina de decirte que te quiero en rojo y negro. La mitad de la vida que viví me hacés sentir, pienso antes de escribirlo, que se pasó volando. La mitad de la vida que viví parece tener todo un sentido nuevo, escribo decidida. Pongo la fecha, tabulo otra vez, acomodo la hoja. Escribo un cuento y tardo tres horas para sacar tres hojas. Todo el tiempo soy feliz y el sonido de la máquina es una música increíble. Todo el rato sé que no necesito nada, nada más, y sin embargo sé cuánto me gusta lo que yo quiero.
17 mayo 2016
mediocre
Miro las plantas y su tierra seca, sedienta.
Varios días seguido, las miro.
Mañana, les digo y mañana les digo lo mismo.
Los gatos maullan; caminan sobre la mesada.
Los miro a los ojos, inexpresiva y callada.
Los miro a los ojos, inexpresiva y callada.
Les doy de comer hoy también sin charla ni mimos.
Giran a mi alrededor esperando el momento de subirse
pero yo no los dejo, no me siento. Ni duermo.
Las hojas opacas rozan el límite entre lo muerto y lo vivo
Las hojas opacas rozan el límite entre lo muerto y lo vivo
y me hacen dudar. Parecen estar por decirlo.
El gato toma agua de un charco del patio.
Llovió antes de ayer en mi casa.
Pongo comida en un plato pero no trago. No quiero.
O no sé, no intento.
Lloro tres lágrimas débiles que ni gusto tienen.
Pongo música al mínimo,
Lloro tres lágrimas débiles que ni gusto tienen.
Pongo música al mínimo,
no hago el esfuerzo suficiente. No alcanzo a escucharla.
Tengo las medias mal puestas
pero no importa.
Tengo las medias mal puestas
pero no importa.
Me prometo haber olvidado el diámetro de tus pupilas
y el espesor de tus gemidos.
12 mayo 2016
mansa
voy a dormir
en la misma cama en la que recién
vos y yo
cogimos como bestias
seres infrahumanos frotándose las pieles
los cueros duros
ajados, corroídos
puliéndose entre si
puliéndose entre si
bestiales, monstruosos seres fornicando
adoptando posturas
increíbles, espantosas
posturas animales
primitivas, transpiradas
mirándonos la furia
de milenios encerrada
en las pupilas dilatadas
de tanto coger
sabiendo cosas
instintivamente dormidas
despertándolas
para reconocernos
ahí
en esa cama en la que ahora
voy a dormir mansa
11 mayo 2016
desierto
dos como nosotros
inaugurando un idioma
medio parados en la nada misma
poniéndole nombre a las cosas
para que no sean lo que eran
antes
antes de llegar a este desierto
que somos juntos
a este vacío que no paramos de limpiar
para que no haya nada
más que vos y yo
y todo por crear.
26 abril 2016
Lo que fui no es lo que seré
Estoy sentada tomando frío a la sombra del otoño que acaba de llegar. El cielo está turquesa helado y sobre él, algunas pocas nubes impecables y mullidas.
Pienso en lo que veo cuando te miro. Sé que veo lo que me dejás ver y ahí hasta donde vos me dejás. Me imagino lo que vos observás al verme. Todo lo que hay en mí es de mí todo y tan poco a la vez. Lo que yo fui hasta acá no es lo que yo seré. Yo voy a ser lo que vos quieras crear. No importa lo que te cuente, lo que quiera ocultar; no importará lo que me calle, lo que no te quiera brindar. Entre lo que yo te muestre y lo que vos construyas no habrá distancias. Superpuestas ambas imágenes yo seré la que vos hagas.
¿Alguna vez alguien confió en vos incluso más de lo que vos podrías confiar en vos mismo?- me pregunto. ¿Alguna vez viste a una hoja de un árbol caer hacia el cielo?- te pregunto mientras la pierdo de vista entre un balcón y el celeste que raja la tarde. Pero no podés responder porque no estás acá aunque estás conmigo dentro de esta cabeza que no para de dibujar tus ojos, tu boca, los gestos pocos que empiezo a memorizar. No me respondas, pienso. ¿No será hora de que alguien conozca de mí todo lo que ahora estoy reconociéndome? ¿No sería hora de que alguien te dé lo que vos realmente te merezcas y no lo que vos quieras decir que no valés? No necesito una respuesta. Yo la tengo. Sé con certeza cosas que nunca podría explicarte de otra forma más que haciéndote vivirlas. Tengo para darte los sentimientos que te acerquen a lo que yo aprendí a sentir.
Cierro los ojos y el cielo queda sólo en mi memoria. Ya no lo veo pero puedo recordarlo y al instante abrir nuevamente los ojos para confirmar que lo que veo es lo que es. Cierro los ojos y te pienso. Sos un recuerdo hermoso y la mirada profundísima que me deja entrar. Con los ojos cerrados me pregunto: ¿alguna vez confiaste tanto en alguien desde que en vos mismo dejaste de confiar?
Suelto el aire y dónde vos estés la respuesta vuela hacia arriba, mullida e impecable. También celeste.
Pienso en lo que veo cuando te miro. Sé que veo lo que me dejás ver y ahí hasta donde vos me dejás. Me imagino lo que vos observás al verme. Todo lo que hay en mí es de mí todo y tan poco a la vez. Lo que yo fui hasta acá no es lo que yo seré. Yo voy a ser lo que vos quieras crear. No importa lo que te cuente, lo que quiera ocultar; no importará lo que me calle, lo que no te quiera brindar. Entre lo que yo te muestre y lo que vos construyas no habrá distancias. Superpuestas ambas imágenes yo seré la que vos hagas.
¿Alguna vez alguien confió en vos incluso más de lo que vos podrías confiar en vos mismo?- me pregunto. ¿Alguna vez viste a una hoja de un árbol caer hacia el cielo?- te pregunto mientras la pierdo de vista entre un balcón y el celeste que raja la tarde. Pero no podés responder porque no estás acá aunque estás conmigo dentro de esta cabeza que no para de dibujar tus ojos, tu boca, los gestos pocos que empiezo a memorizar. No me respondas, pienso. ¿No será hora de que alguien conozca de mí todo lo que ahora estoy reconociéndome? ¿No sería hora de que alguien te dé lo que vos realmente te merezcas y no lo que vos quieras decir que no valés? No necesito una respuesta. Yo la tengo. Sé con certeza cosas que nunca podría explicarte de otra forma más que haciéndote vivirlas. Tengo para darte los sentimientos que te acerquen a lo que yo aprendí a sentir.
Cierro los ojos y el cielo queda sólo en mi memoria. Ya no lo veo pero puedo recordarlo y al instante abrir nuevamente los ojos para confirmar que lo que veo es lo que es. Cierro los ojos y te pienso. Sos un recuerdo hermoso y la mirada profundísima que me deja entrar. Con los ojos cerrados me pregunto: ¿alguna vez confiaste tanto en alguien desde que en vos mismo dejaste de confiar?
Suelto el aire y dónde vos estés la respuesta vuela hacia arriba, mullida e impecable. También celeste.
15 marzo 2016
Se van pasando los meses
yo creo que sin darme cuenta
sin pensarlo
pero, cada aproximadamente veinte días
hago un repaso, un recuento
tomo nota de mis pasos, de los cambios
de las horas que pasaron sin vos
Ya me siento mejor
creo estarlo
pero, cada veinte aproximados días
lloro porque te extraño
te extraño porque faltás
y retrocedo veinte exactos pasos
(pa´tras!)
Creo estar cerca del amor
me digo algunas noches
y cada casi tres semanas
busco gente que me guste
poco, no tanto
para poder seguir sintiendo
que de todas las personas que me gustan
la que más me gusta sos vos
yo creo que sin darme cuenta
sin pensarlo
pero, cada aproximadamente veinte días
hago un repaso, un recuento
tomo nota de mis pasos, de los cambios
de las horas que pasaron sin vos
Ya me siento mejor
creo estarlo
pero, cada veinte aproximados días
lloro porque te extraño
te extraño porque faltás
y retrocedo veinte exactos pasos
(pa´tras!)
Creo estar cerca del amor
me digo algunas noches
y cada casi tres semanas
busco gente que me guste
poco, no tanto
para poder seguir sintiendo
que de todas las personas que me gustan
la que más me gusta sos vos
06 marzo 2016
sabés qué tengo?
miedo
a vos, a tus heridas y a tu capacidad de herir
a mí, a mi pasado que nunca se va
y al futuro que no llega, no llega más
al presente, que se nos escapa siempre
impuntual, no se presenta
sabés qué me pasa?
no me interesa
si me escuchás, si te importo
sólo quiero oírte, verte
contando esas cosas que ni siquiera son verdad
quejándote, sufriendo, mostrando las hilachas
de soledad, de alegría, de vos y de voz
no me interesa
avanzar, retroceder, quedarme
si mientras me mareo
te escucho
aunque hables para decir nada
y no me hables a mí.
sabés qué?
no sabés mucho
quizás no importe
porque yo lo intuyo todo
y hasta me lo invento
el miedo, el amor, las verdades, las mentiras, el presente
tu soledad, tu ausencia, tu voz...
miedo
a vos, a tus heridas y a tu capacidad de herir
a mí, a mi pasado que nunca se va
y al futuro que no llega, no llega más
al presente, que se nos escapa siempre
impuntual, no se presenta
sabés qué me pasa?
no me interesa
si me escuchás, si te importo
sólo quiero oírte, verte
contando esas cosas que ni siquiera son verdad
quejándote, sufriendo, mostrando las hilachas
de soledad, de alegría, de vos y de voz
no me interesa
avanzar, retroceder, quedarme
si mientras me mareo
te escucho
aunque hables para decir nada
y no me hables a mí.
sabés qué?
no sabés mucho
quizás no importe
porque yo lo intuyo todo
y hasta me lo invento
el miedo, el amor, las verdades, las mentiras, el presente
tu soledad, tu ausencia, tu voz...
27 febrero 2016
Después de vos,
me compré un diario
y escribí, escribí
sobre vos, sobre no-vos.
Fuiste la medida
de lo que sucedía y lo que
jamás sucedería.
Después de vos,
escribí tanto en ese diario
que fuiste el diario,
la tinta, la sangre misma
en mis venas.
Después de vos,
después de escribir sobre vos,
las hojas no alcanzaron.
Además, se secaron
y empezaron a caerse.
Todo lo que dije
lo que escribí en ese diario
se me voló
como se volaron los meses
y pasó otro invierno,
otra primavera
y llegando al fin de otro verano
ya no me quedan hojas
ni palabras...
Espero que no se me acabe
nunca, jamás
la tinta, la sangre.
Lo que no pasa de moda entre mis cosas
es que vos seas la medida de lo que no sucederá.
me compré un diario
y escribí, escribí
sobre vos, sobre no-vos.
Fuiste la medida
de lo que sucedía y lo que
jamás sucedería.
Después de vos,
escribí tanto en ese diario
que fuiste el diario,
la tinta, la sangre misma
en mis venas.
Después de vos,
después de escribir sobre vos,
las hojas no alcanzaron.
Además, se secaron
y empezaron a caerse.
Todo lo que dije
lo que escribí en ese diario
se me voló
como se volaron los meses
y pasó otro invierno,
otra primavera
y llegando al fin de otro verano
ya no me quedan hojas
ni palabras...
Espero que no se me acabe
nunca, jamás
la tinta, la sangre.
Lo que no pasa de moda entre mis cosas
es que vos seas la medida de lo que no sucederá.
09 febrero 2016
zona de confort
Decía que se iba, que todo estaba terminado. Me miraba, desafiante, esperando una reacción. Después me daba la espalda y se retiraba del cuarto dejándome sola.
Entonces yo salía furiosa, asustada, prendida fuego. Corría atrás suyo puteando, a veces tirando lo que tuviese en la mano. Ni una de todas las miles de veces que tiré logré pegarle. Jamás se daba vuelta.
Se sentaba en el living y prendía la televisión, era su manera de mostrarme que ya nada importaba tres carajos. Subía el volumen y yo subía el mío. Subía el calor en ese infierno.
Yo lloraba. Me cansaba un rato, me iba a bañar. Siempre creía que la ducha me sacaría de encima el miedo, el pánico que me inundaba sabiendo que llegaba el fin. Fin al que habíamos llegado hacía años. El fin era nuestra zona de confort.
Salía de la ducha mansa, con los ojos hinchados y dolor en las palmas de las manos de tanto apretar los puños. Me vestía y al salir volvía a sentir la furia corriéndome cerca. La televisión, la indiferencia, el bolso a medio hacer.
Me voy, decía. Y yo, que sabía que había esperado 45 minutos para decir de nuevo eso en lugar de irse, respondía que sí, andate bien a la puta que te parió. Y no, que no.
No te vayas. Sin vos no voy a poder. Sin vos me voy a morir. Y el aire me faltaba al imaginarme sola, durmiendo sola en los cuatro metros cuadrados de cama, sentada sola comiendo una pizza. Sola sin tener a quién odiar. Me sentía asustada, chiquita.
Si te vas no voy a poder... me voy a morir. Si te vas me voy a tirar abajo de un tren.
Entonces me abrazaba. Él perdía el miedo a irse sin que nadie lo corra, yo perdía el miedo a que se vaya sin avisar. Nos tirábamos en la cama enorme, abrazados. Y descansábamos dos o tres días, juntábamos fuerzas para volver a empezar.
Entonces yo salía furiosa, asustada, prendida fuego. Corría atrás suyo puteando, a veces tirando lo que tuviese en la mano. Ni una de todas las miles de veces que tiré logré pegarle. Jamás se daba vuelta.
Se sentaba en el living y prendía la televisión, era su manera de mostrarme que ya nada importaba tres carajos. Subía el volumen y yo subía el mío. Subía el calor en ese infierno.
Yo lloraba. Me cansaba un rato, me iba a bañar. Siempre creía que la ducha me sacaría de encima el miedo, el pánico que me inundaba sabiendo que llegaba el fin. Fin al que habíamos llegado hacía años. El fin era nuestra zona de confort.
Salía de la ducha mansa, con los ojos hinchados y dolor en las palmas de las manos de tanto apretar los puños. Me vestía y al salir volvía a sentir la furia corriéndome cerca. La televisión, la indiferencia, el bolso a medio hacer.
Me voy, decía. Y yo, que sabía que había esperado 45 minutos para decir de nuevo eso en lugar de irse, respondía que sí, andate bien a la puta que te parió. Y no, que no.
No te vayas. Sin vos no voy a poder. Sin vos me voy a morir. Y el aire me faltaba al imaginarme sola, durmiendo sola en los cuatro metros cuadrados de cama, sentada sola comiendo una pizza. Sola sin tener a quién odiar. Me sentía asustada, chiquita.
Si te vas no voy a poder... me voy a morir. Si te vas me voy a tirar abajo de un tren.
Entonces me abrazaba. Él perdía el miedo a irse sin que nadie lo corra, yo perdía el miedo a que se vaya sin avisar. Nos tirábamos en la cama enorme, abrazados. Y descansábamos dos o tres días, juntábamos fuerzas para volver a empezar.
15 noviembre 2015
Bunker
A veces pasa. Te vas olvidando de cómo eras o cómo era un
espacio y te adaptas a su nueva forma, borrás por completo la imagen de lo que
fue hasta que alguien o algo te dispara el recuerdo enterrado. Entre lo que sos
y lo que fuiste, ese abismo que fue el proceso. Recordarlo es tomar conciencia
de la evolución. Un cachetazo de tiempo y esfuerzo, sudor, lágrimas, te lleva
del presente al pasado y te vuelve a traer hasta acá. Ves? Esto sos-fuiste-sos.
No fue fácil ni gratis, obvio.
Acá íbamos a caber todos, por eso el living se convirtió en dormitorio un par de semanas después de mudarnos. Veníamos a terminar de separarnos a Capital. O a empezar, en realidad. Así que armó su cuarto ahí y, un rato después, comenzó a transformarlo en bunker. Metió la cama grande, la tele, el aire acondicionado sin conectar, los muebles que le había hecho su papá, el sistema de sonido, el otro sistema de sonido, una montaña de porquerías sueltas que ni hacía falta que se guarde porque total yo no las quería, papeles con misterios que sugerían compraventa de mentiras en dólares y supuestas estafas mal escondidas entre la ropa. Todo en su bunker.
Las puertas de vidrio tenían cortinas y las cerraba solamente cuando quería él. Si afuera pasaban cosas divertidas, si yo estaba cocinando sin sufrimiento ni temor, las abría para que su música se mezclara con la mía y fuese imposible respirar. Yo solía apagar mis parlantitos porque sus nuevos gustos musicales habían sido banda de sonido de mi adolescencia, así que me sabía las letras y me ponía a cantar. De la bronca, cerraba las puertas y todo volvía a empezar.
Después salía del bunker, se sentaba a cenar. Comía, se paraba y volvía al bunker a sacarse los mocos con la puerta abierta mientras miraba History Channel o la serie de los zombies y entre lo que miraba y la cara que ponía creo que no hacían uno. O se sentaba a chatear en su nuevo Facebook con todas sus amigas reencontradas de la vida y les contaba, una por una, las miserias de mi pésimo desempeño como esposa, ama de casa, madre e incluso como amante. No, yo ya no se la chupaba y hacía rato que no me dejaba coger.
Salía a pasear a los perros dándome el tiempo necesario para leer las conversaciones sin caer en estrategias de espía secreto, dejaba todo sin bloquear. Sentía las llaves, salía del bunker, él volvía a entrar y de nuevo a sacarse los mocos.
Acá íbamos a caber todos, por eso el living se convirtió en dormitorio un par de semanas después de mudarnos. Veníamos a terminar de separarnos a Capital. O a empezar, en realidad. Así que armó su cuarto ahí y, un rato después, comenzó a transformarlo en bunker. Metió la cama grande, la tele, el aire acondicionado sin conectar, los muebles que le había hecho su papá, el sistema de sonido, el otro sistema de sonido, una montaña de porquerías sueltas que ni hacía falta que se guarde porque total yo no las quería, papeles con misterios que sugerían compraventa de mentiras en dólares y supuestas estafas mal escondidas entre la ropa. Todo en su bunker.
Las puertas de vidrio tenían cortinas y las cerraba solamente cuando quería él. Si afuera pasaban cosas divertidas, si yo estaba cocinando sin sufrimiento ni temor, las abría para que su música se mezclara con la mía y fuese imposible respirar. Yo solía apagar mis parlantitos porque sus nuevos gustos musicales habían sido banda de sonido de mi adolescencia, así que me sabía las letras y me ponía a cantar. De la bronca, cerraba las puertas y todo volvía a empezar.
Después salía del bunker, se sentaba a cenar. Comía, se paraba y volvía al bunker a sacarse los mocos con la puerta abierta mientras miraba History Channel o la serie de los zombies y entre lo que miraba y la cara que ponía creo que no hacían uno. O se sentaba a chatear en su nuevo Facebook con todas sus amigas reencontradas de la vida y les contaba, una por una, las miserias de mi pésimo desempeño como esposa, ama de casa, madre e incluso como amante. No, yo ya no se la chupaba y hacía rato que no me dejaba coger.
Salía a pasear a los perros dándome el tiempo necesario para leer las conversaciones sin caer en estrategias de espía secreto, dejaba todo sin bloquear. Sentía las llaves, salía del bunker, él volvía a entrar y de nuevo a sacarse los mocos.
A mí me tocaba dormir en el piso, en el colchón inflable
que se desinflaba durante la noche mientras se me inflaban las angustias. Pero
no lloraba, había dejado de llorar. Recuerdo que alguna vez, varias veces y
varias personas distintas, me habían pedido que llorara menos. Cuándo te vas a secar, Mimita? Y yo, que
creía que jamás, ya no conseguía
llorar. Es que las amenazas eran claras. Frente a cualquier signo de debilidad,
la grieta que dejase descubrir sería utilizada para entrar. Yo sentía la
adrenalina. Me iba a acostar y sentía el latir de mi corazón contra la cama. El
pecho era una caja en la que yo escondía todo lo que me hace ser yo. No lloraba
por miedo pero también sabía que no llorar era reservarme mis cosas, él ya no
se las merecía.
No lloré tampoco cuando me dijo las cosas que me dijo.
Las ventanas estaban abiertas, las puertas de su bunker también. Él buscaba la cámara de fotos que mi viejo me había traído de Estados Unidos para sacarle fotos a todo lo que quería vender. Porque lo que no era de él, lo que no tenía lugar en su bunker, lo que no fuese basura que él quisiera descartar, eso se podía vender. Y la cámara no aparecía, porque era mía y entonces me la había llevado a mi refugio, a mi pequeña caja fuerte junto con los dni y las partidas de nacimiento. Tenía muchísimo miedo de no saber quiénes éramos, de olvidarme mi edad, de comenzar a dudar del lazo que me vinculaba con mis propias hijas así que había guardado en un doble techo del placard lo único que de verdad importaba de todo lo que teníamos, mi identidad y mi maternidad. Y ahí, también, la cámara de fotos porque con mi cámara no quería que siguiera sacándole fotos a las cosas. Y como la cámara no aparecía él gritaba. Las ventanas abiertas y él relatando entre dientes, con la voz quebrada de tanta agresividad, su plan para hacerme mierda. Si total yo era débil, yo sola me iba a hundir. No vas a resistir y te vas a volver loca. Y las puertas del bunker abiertas, él moviendo las manos entre gestos que con su metro noventa parecían una rapeada de terror. De fondo la cama, los muebles, la tele, los zombies, la pila de basuras, un espacio muerto en la casa que era un campo minado, la ventana enrejada, algún vecino escuchando mina de mierda, inútil, para nada servís, ni tus hijas te quieren. Y yo, con el pecho guardando emociones, las identidades escondidas en el placard, grabando con el teléfono los gritos, grabando con la cabeza las imágenes, grabando en el cuerpo el rechazo, el estómago revuelto. La luz del 5 de febrero sobre las mesadas, sobre el bunker. Todo registrado.
En el living suena
Shearwater, una tira de luces suaves enmarca el poster de Let it Be. Las
plantas, la mesa ratona. Tenemos los pies sobre el sillón. Andrea abraza a
Martina y le acaricia el cuello. Yo abrazo a un almohadón y las tres pensamos
en que comimos demasiado y quizás tomamos de más. Es el espacio más lindo de la casa, Mimo. Sí, lo es. Con los ojos
abiertos veo los libros, la luz, la música, la lata de aguarrás, cajones de
verdura, carteles inservibles. La basura que fui juntando de la calle con la
que tapé la basura vacía de bunker que grabé en mi mente.Las ventanas estaban abiertas, las puertas de su bunker también. Él buscaba la cámara de fotos que mi viejo me había traído de Estados Unidos para sacarle fotos a todo lo que quería vender. Porque lo que no era de él, lo que no tenía lugar en su bunker, lo que no fuese basura que él quisiera descartar, eso se podía vender. Y la cámara no aparecía, porque era mía y entonces me la había llevado a mi refugio, a mi pequeña caja fuerte junto con los dni y las partidas de nacimiento. Tenía muchísimo miedo de no saber quiénes éramos, de olvidarme mi edad, de comenzar a dudar del lazo que me vinculaba con mis propias hijas así que había guardado en un doble techo del placard lo único que de verdad importaba de todo lo que teníamos, mi identidad y mi maternidad. Y ahí, también, la cámara de fotos porque con mi cámara no quería que siguiera sacándole fotos a las cosas. Y como la cámara no aparecía él gritaba. Las ventanas abiertas y él relatando entre dientes, con la voz quebrada de tanta agresividad, su plan para hacerme mierda. Si total yo era débil, yo sola me iba a hundir. No vas a resistir y te vas a volver loca. Y las puertas del bunker abiertas, él moviendo las manos entre gestos que con su metro noventa parecían una rapeada de terror. De fondo la cama, los muebles, la tele, los zombies, la pila de basuras, un espacio muerto en la casa que era un campo minado, la ventana enrejada, algún vecino escuchando mina de mierda, inútil, para nada servís, ni tus hijas te quieren. Y yo, con el pecho guardando emociones, las identidades escondidas en el placard, grabando con el teléfono los gritos, grabando con la cabeza las imágenes, grabando en el cuerpo el rechazo, el estómago revuelto. La luz del 5 de febrero sobre las mesadas, sobre el bunker. Todo registrado.
Las chicas se llaman un taxi y vuelven a su casa y yo esta noche, mejor, duermo en piso.
25 octubre 2015
Voy caminando por un pasillo lleno de puertas cerradas. Las puertas no son todas iguales. Las hay prolijas, rotas, rojas, negras, blindadas, de madera, de metal, transparentes, abandonadas...
Llevo meses, años, caminando por este corredor quién sabe hacia dónde. Por momentos sospecho que pueda ser circular, otras veces creo que es sólo un sueño.
Por debajo de una de las puertas, una puerta pintarrajeada y llena de grafitis inconclusos, que tiene stickers a medio arrancar y algunos golpes, se filtra humo. Sale olor a quemado. Algo ahí adentro está ardiendo pero el aroma es tentador, la madera que se quema parece ser buena.
Me freno atraída por ese humo denso y levemente tóxico y llevo la mano al picaporte. Quema y retiro la mano violentamente. Me sorprende conservar algún tipo de sensibilidad frente al dolor. Insisto pero vuelvo a quemarme y veo cómo se forman ampollas sobre las yemas de mis dedos y la palma de mi mano. Doy dos pasos hacia atrás, tomo impulso y pego una patada directo al centro de la puerta. Ofrece resistencia pero se destraba la cerradura. El incendio es infernal. Las llamas tocan el techo y, exceptuando éstas, todo es negrura y oscuridad.
Yo me desnudo por completo y me suelto el pelo parada aún en el pasillo, sonrío y me decido a entrar.
Llevo meses, años, caminando por este corredor quién sabe hacia dónde. Por momentos sospecho que pueda ser circular, otras veces creo que es sólo un sueño.
Por debajo de una de las puertas, una puerta pintarrajeada y llena de grafitis inconclusos, que tiene stickers a medio arrancar y algunos golpes, se filtra humo. Sale olor a quemado. Algo ahí adentro está ardiendo pero el aroma es tentador, la madera que se quema parece ser buena.
Me freno atraída por ese humo denso y levemente tóxico y llevo la mano al picaporte. Quema y retiro la mano violentamente. Me sorprende conservar algún tipo de sensibilidad frente al dolor. Insisto pero vuelvo a quemarme y veo cómo se forman ampollas sobre las yemas de mis dedos y la palma de mi mano. Doy dos pasos hacia atrás, tomo impulso y pego una patada directo al centro de la puerta. Ofrece resistencia pero se destraba la cerradura. El incendio es infernal. Las llamas tocan el techo y, exceptuando éstas, todo es negrura y oscuridad.
Yo me desnudo por completo y me suelto el pelo parada aún en el pasillo, sonrío y me decido a entrar.
20 octubre 2015
fijate bien
y con la yema de tu dedo índice
apenas rozándome la piel
ahí
una, dos, tres mil
mis cicatrices...
tengo
miedo
de
la
ye
ma
de
tu
de
d
o
y pensar en tu mano acercando el dedo acercándose a mi piel
me duele
me hace doler las cicatrices
fijate bien
y entrecerrando las pestañas
apenas comenzando a soñarme
ahí
uno y dos y mil
mis miedos
y tengo miedo de acercame
nomás
al pensamiento
pensar en tu mano acercándose
y la yema
de tu dedo
rozando cicatrices...
pero se acerca
tu mano
y a mi piel se le acerca
la yema
de tu dedo
y casi soñándote veo
tu cicatriz
y con la yema de tu dedo índice
apenas rozándome la piel
ahí
una, dos, tres mil
mis cicatrices...
tengo
miedo
de
la
ye
ma
de
tu
de
d
o
y pensar en tu mano acercando el dedo acercándose a mi piel
me duele
me hace doler las cicatrices
fijate bien
y entrecerrando las pestañas
apenas comenzando a soñarme
ahí
uno y dos y mil
mis miedos
y tengo miedo de acercame
nomás
al pensamiento
pensar en tu mano acercándose
y la yema
de tu dedo
rozando cicatrices...
pero se acerca
tu mano
y a mi piel se le acerca
la yema
de tu dedo
y casi soñándote veo
tu cicatriz
10 octubre 2015
Jorge y Dorita
Se mueren con 4 meses de diferencia porque después de 70 años juntos uno sin el otro ya no sabe ser, y nosotros nos repartimos las cosas. Cada uno se queda con el recuerdo que se quiera quedar.
Entonces me llegan adentro de una caja los frascos de acrílico con tapa naranja; unos que yo misma hace unos días pedí permiso para quedarme. Los frascos donde ellos guardaban la yerba, el azúcar, las express y el nesquick.
De los miles de recuerdos que hay para elegir -vacaciones donde siempre alguno se volvía a Buenos Aires después de pelear y ser echado, ausencias, la rudeza o la distancia, escalopes con puré sentados abajo de los pinos, las pistas de scalextric de la juguetería de la calle Segurola, aceite johnson para broncearse mejor, pulseras haciendo ruido mientras la abuela nos peina con cuidado sin tironear los nudos de arena y sol, el garage con olor a aceite volcado sobre el piso de cemento, el abuelo roncando adentro de la carpa, el cuento de Juancito, ellos besándose cada vez que pueden, piñas contra las puertas en año nuevo, muchas fotos arriba de la cómoda a los pies de la cama grande, los helados en Leblón, el pino frente a la casa de la 305 lleno de luces, la biblioteca, el altillo, los eucaliptos de plaza Devoto, bombones, ir en el baúl a almorzar a la Jirafa, viajar en avión, rechazar las llamadas, atender los reproches, escucharlos enojados, escucharlos olvidarse del enojo, entenderlos un poco, no entenderlos nada, sentirlos extraños, saberme parte suya, no saber más nada... Yo elijo los frascos de tapa naranja.
Entonces me llegan adentro de una caja los frascos de acrílico con tapa naranja; unos que yo misma hace unos días pedí permiso para quedarme. Los frascos donde ellos guardaban la yerba, el azúcar, las express y el nesquick.
De los miles de recuerdos que hay para elegir -vacaciones donde siempre alguno se volvía a Buenos Aires después de pelear y ser echado, ausencias, la rudeza o la distancia, escalopes con puré sentados abajo de los pinos, las pistas de scalextric de la juguetería de la calle Segurola, aceite johnson para broncearse mejor, pulseras haciendo ruido mientras la abuela nos peina con cuidado sin tironear los nudos de arena y sol, el garage con olor a aceite volcado sobre el piso de cemento, el abuelo roncando adentro de la carpa, el cuento de Juancito, ellos besándose cada vez que pueden, piñas contra las puertas en año nuevo, muchas fotos arriba de la cómoda a los pies de la cama grande, los helados en Leblón, el pino frente a la casa de la 305 lleno de luces, la biblioteca, el altillo, los eucaliptos de plaza Devoto, bombones, ir en el baúl a almorzar a la Jirafa, viajar en avión, rechazar las llamadas, atender los reproches, escucharlos enojados, escucharlos olvidarse del enojo, entenderlos un poco, no entenderlos nada, sentirlos extraños, saberme parte suya, no saber más nada... Yo elijo los frascos de tapa naranja.
Uno llega con yerba y podría apostar que el abuelo no tomó ni un mate más sin la abuela, del 4 junio hasta hoy, porque desde los 14 años él se levantaba un rato antes para hacerle el desayuno y juntos tomarlo en la cama.
Y adentro de los frascos que vienen vacíos guardo eso que yo sé que quiero guardar para encontrármelos de vez en cuando con el mate, cuando escuche un tango, cuando me hagan ruido las pulseras, cuando sea que vuelva a ver el mar...
Y adentro de los frascos que vienen vacíos guardo eso que yo sé que quiero guardar para encontrármelos de vez en cuando con el mate, cuando escuche un tango, cuando me hagan ruido las pulseras, cuando sea que vuelva a ver el mar...
26 septiembre 2015
A veces hago esto: le pongo tu nombre a las cosas. Así mi gato, la mesa, mi computadora o la heladera se llaman como vos. Yo los llamo como a vos.
Entonces, converso. Les pregunto "qué tal va todo?" o "qué estás leyendo estos días?".
Es mi manera de combatir tanta ausencia; mi desesperado intento por no extrañarte.
Luego les consulto "cuándo venís? Cuándo nos vemos?".
Malditos, nunca me responden.
Entonces, converso. Les pregunto "qué tal va todo?" o "qué estás leyendo estos días?".
Es mi manera de combatir tanta ausencia; mi desesperado intento por no extrañarte.
Luego les consulto "cuándo venís? Cuándo nos vemos?".
Malditos, nunca me responden.
17 septiembre 2015
bestiamiga
primero,
como a casi todo,
le tenés miedo;
uno de esos miedos inexplicables
infantiles y gigantes
y huís
despavorida
evitás
quedar cara a cara con ella
intentás
llenar el tiempo
vaciar el tiempo
matar el tiempo
quemarlo.
más tarde
te resulta
menos fatal y
un poco más indiferente
va haciéndose mansita
la bestia, calma
se aplaca el temor
ya no hace tanta falta
pensar en cuándo
ni en cuánto
o cómo pasará
el tiempo
tic
tac
tic
tac
tic simplemente, tac
transcurre
vos despertás
abrís un ojo, el otro,
la boca y el bostezo
también los brazos
-me desperezo-
y te estirás
como se estira el tiempo
sin preguntarte tanto
cuándo cuánto cómo
tanteas la almohada y girás
para el otro lado
o para el otro... y seguís.
Un día;
probablemente sea la noche
de un día
larguísimo y agotador
cansada
te sientes a comer alguna porción fría
tomando agua directo desde el pico
secándote la boca con la mano
con los pies sobre una silla
-me desperezo-
y el tiempo haya pasado
pesado
pisado
haya pasado mucho
lleno de cosas
arremolinando los meses
volándote algún que otro plan
y los miedos, fundamentalmente,
y se haya hecho, no sólo mansa
ni simplemente calma
y acá te veas, irreconocible
agradecida de habernos conocido
nueva mejor amiga
la soledad.
como a casi todo,
le tenés miedo;
uno de esos miedos inexplicables
infantiles y gigantes
y huís
despavorida
evitás
quedar cara a cara con ella
intentás
llenar el tiempo
vaciar el tiempo
matar el tiempo
quemarlo.
más tarde
te resulta
menos fatal y
un poco más indiferente
va haciéndose mansita
la bestia, calma
se aplaca el temor
ya no hace tanta falta
pensar en cuándo
ni en cuánto
o cómo pasará
el tiempo
tic
tac
tic
tac
tic simplemente, tac
transcurre
vos despertás
abrís un ojo, el otro,
la boca y el bostezo
también los brazos
-me desperezo-
y te estirás
como se estira el tiempo
sin preguntarte tanto
cuándo cuánto cómo
tanteas la almohada y girás
para el otro lado
o para el otro... y seguís.
Un día;
probablemente sea la noche
de un día
larguísimo y agotador
cansada
te sientes a comer alguna porción fría
tomando agua directo desde el pico
secándote la boca con la mano
con los pies sobre una silla
-me desperezo-
y el tiempo haya pasado
pesado
pisado
haya pasado mucho
lleno de cosas
arremolinando los meses
volándote algún que otro plan
y los miedos, fundamentalmente,
y se haya hecho, no sólo mansa
ni simplemente calma
y acá te veas, irreconocible
agradecida de habernos conocido
nueva mejor amiga
la soledad.
16 septiembre 2015
pedaleando
Como no podés ir revisando facebook, pensás. Es que en bicicleta no tenés alternativa. No podés leer, ni revisar instagram. No vas durmiendo, vas pedaleando. El viento contra la cara te mantiene despabilado, alerta. Entonces vas pensando. Si yo tuviese la chance, aprovecharía para ir mentalmente haciendo la lista del super pero no tengo escapatoria. En bicicleta voy pensando en todo lo que trato de olvidar cuando abuso de las redes sociales o lo que se desdibuja bastante mientras duermo. Sobre la bici la realidad me pasa finito y a las chapas y voy sola e impulsada por mi misma. Y pienso. No hay un ida y vuelta, es todo retórico. Me regresan las preguntas, como un eco, haciéndose respuesta. Pienso, cuando freno en la esquina de casa: lo más peligroso de andar en bicicleta no es el bondi amenazante cerrándote el paso; lo peligroso de la bici es encarar lo que pensás.
09 septiembre 2015
Off
Lo llamo porque siendo las tres de la mañana yo ya estoy dada vuelta. Venimos tomando vino desde antes de cenar y a esta hora la sobremesa es un diálogo traído de los pelos. Algunos empiezan a desaparecer y pienso que volver a casa sola no quiero. Llamo y corto, ese es nuestro código. Él ya sabe que llamo para coger. Entonces me manda un mensaje chicloso, corto pero cargado de calentura: solita?
Leo y me causa cierto rechazo. Porque no me encanta, casi diría que no lo banco, pero coger nos sale bien y solita hoy me siento débil. Mejor mal acompañada, creo.
Le digo que ya salgo para allá, que nos encontramos en la puerta y todo ok. Nos vemos en 20 minutos. Sube el calor una vez puesto el timer. Agarro mis cosas, pido un taxi. Vamos a empezar a manosearnos en el pasillo, seguro. Subo al taxi, faltan 10 minutos. Tengo puesto un vestido, probablemente ni me lo saque. Casi llego, le aviso. Faltan dos minutos. Ya estoy caliente.
Bajo del taxi y ahí está parado. Tiene cara de haber tomado más que yo.
Bajo del taxi y ahí está parado. Tiene cara de haber tomado más que yo.
Cogemos contra la mesada. Me tiene agarrada de las tetas y me la está dando tan fuerte que me golpea la cadera contra el mármol; mañana voy a tener moretones por todos lados. Jadeo como el perro cuando viaja en auto; me chupa un huevo la ventana abierta y los vecinos que nos puedan oír. Me chupa el cuello. Está callado o quizás, simplemente, no lo escucho porque no le presto demasiada atención. Estoy caliente y respiro por la boca, hago ruido. También le digo que sí, sí, así y que dale, voy a acabar. Voy a acabar. Vivo esa inmensa sensación llegando y de a poco me entrego. Ah, sí, más adentro. Empiezo a pensar en vos, creí haberte olvidado. Veo tus rulos. Pienso en la risa ronca y gruesa. Voy a acabar, dale, dale, le repito. Respiro con toda la boca abierta, desencajada. Me sigue cogiendo tan a lo bestia que ahora me tiene del pelo, mi mejilla toca la mesada fría; una mano suya sobre el cuello me retiene ahí. Parece una toma de algún tipo de lucha pero no, esto es coger. Viene subiéndome por las piernas el cosquilleo del orgasmo y cierro los ojos. Más adentro, los recuerdos. Los lentes que, mientras todos charlaban de cine, yo usaba de excusa para mirarte a los ojos después de muchos meses de timidez. Ah, sí, dale. Insisto. Sigo pensando en vos, aunque creí haberte olvidado. El color de short que tenías la tarde que viniste a hablarme de tu ex, la facultad, el auto. El olor a desodorante recién puesto cuando entrabas a la mañana en casa. Me acuerdo del frío que hacía la última vez que te vi y vos en pijama en la vereda, descalza, llorabas. Estoy llorando y también acabando. Lanzo un aullido gutural. Tengo puesto en silencio el volumen del tipo que se me acuesta sobre la espalda y en mi mente todo tiene el sonido de tu voz.
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